Lo que ha logrado el actual presidente salvadoreño con su triunfo en las legislativas de este año es lo que muy pocos presidentes en América latina han podido.

Una vez la Asamblea Legislativa de El Salvador destituyó al fiscal general Raúl Melara y a los magistrados de la sala constitucional de la Corte Suprema de Justicia, han caído sobre el presidente Nayib Bukele una lluvia de críticas de parte de muchos representantes de gobiernos del mundo, ONG, organismos multilaterales y medios de comunicación, entre otros.

Al parecer, desde su punto de vista, ha emergido un nuevo «dictador», un nuevo «monstruo político» en América latina, un «populista», un «violador de las reglas democráticas». Y, ciertamente, los poderes públicos salvadoreños quedarán en manos de un solo partido, pero ¿es juzgable Bukele por ello? 

Comprender el fenómeno

Para comprender el fenómeno Bukele hay que preguntarse primero cómo se llegó a este momento en el que los dos grandes partidos, que gobernaron el país durante más de dos décadas después de la guerra civil, hoy son fuerzas minoritarias. Arena y el FMLN actúan ahora como partidos aliados en contra de la nueva fuerza política de Bukele, quien arrasó electoralmente y se dispone a hacer uso de su triunfo en la esfera electoral. 

Lo que ha hecho la nueva Asamblea Legislativa, controlada por el partido Nuevas Ideas, de Bukele, es sencillamente lo que haría cualquier fórmula ganadora en cualquier democracia del mundo: elegir los órganos contralores y judiciales, según la correlación de fuerzas derivadas de su elección universal, secreta y directa. El poder legislativo tiene el mandato constitucional para hacer destituciones como éstas.

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